lunes, 2 de agosto de 2010

CORAZÓN ENAMORADO

Como no todo van a ser tristezas, he escrito una historia imaginaria alrededor del poema del otro día, aparte de que la historia en si es ficticia, hay algún personaje inventado que he colado en la historia como si fuera real.

No sé si Gloria Lasso canto la canción que le atribuyo y ni tan siquiera sé si la letra es exactamente así.

Tanto las poesias de Neruda (1) y (6), como de Bécquer (3) y (4) están tal cual.

Las letras de las canciones, son de la copla que está en mi boca, cantada por Jarcha (2), y de la Tonada de un Viejo Amor, Letra de Jaime Dávalos y música de Eduardo Falú, aunque yo la tengo cantada por Juan Carlos Bagglieto en el álbum Postales de este lado del mundo (5). La introducción es diferente a la original, y a mi personalmente me gusta más. La pongo al final para que la disfrutéis, pero antes leed, si os place.

Los textos en cursiva no son míos.


CORAZÓN ENAMORADO

CAPÍTULO UNO:


ÉL

Como cada viernes, estaba terminando de arreglarse para salir, un poco de Old Spice como su personaje favorito de televisión, todo un clásico, pensaba mientras sonreía; y al igual que aquel también había creado sus propias reglas:

Primera regla: Siempre un toque de Old Spice, ella le había dicho que le gustaba como olía.

Segunda regla: Siempre un libro de poesía en la mano, como la primera vez que la vio, como aquel día que ella siquiera reparó en él, mientras leía sentada en la Glorieta de Bécquer.

Tercera regla: Nunca agobiarla. Está regla la creó cuando por fin se decidió a cruzar alguna palabra con ella.

Cuarta regla: Nunca besarla por la calle. Notaba que ella se sentía incómoda.

Quinta regla: Solo besarla en la Glorieta de Bécquer, su rincón particular, su mundo.

Para él era el día más importante de la semana, ya que solo los viernes se encontraba con ella, no obstante hoy sería especial, pues hoy tenía algo muy importante que decirle, hoy le diría que había tomado por fin una decisión, que la quería solo para él, que no podía vivir sin ella, que los minutos sin ella eran horas, las horas eran días, los días semanas, las semanas meses, y que toda una vida sin verla, no sería vida.

Mientras pensaba esto, recordó que hoy era viernes 13, y sonrió, pensó que igual no era un buen día para dar noticias importantes, pero él nunca había sido supersticioso, y no iba a empezar a serlo hoy precisamente.

Cerró los ojos, y recordó la primera vez que la vio, allí en su mundo, en ese mundo que luego sería de los dos, no se atrevió a cruzar palabra con ella.

Ella tenía en sus manos, “20 poemas de amor y una canción desesperada”, recordaba que se sentó a suficiente distancia para verla sin molestarla, sin que ella notara su presencia ni la distrajera de su lectura. Estuvo un buen rato absorto contemplándola, mirando su piel pálida e imaginando que de pronto desaparecería y que tanta belleza no era real, sino fruto de su imaginación.

Luego jugó a adivinar que poema estaría leyendo, y soñaba con que el estaba sentado a su lado, la abraza tiernamente, apenas sin tocarla para que no se alejara volando de allí como si fuera una de las golondrinas del poeta, y él le leía en voz alta los poemas de Neruda, el poeta amado por las mujeres, el poeta amado por el pueblo.

Recordaba que siguió yendo a diario a aquel rincón del parque, a esperarla, y como si de un loco enamorado se tratara, permanecía allí sentado a escasos metros de la Glorieta, hasta que la luna iluminaba a Becquer, que parecía esperarla para recitar en silencio sus poemas, esperando que con su luz diera rienda suelta a su fantasía de poeta.

La esperaba allí a diario, ahora no trabajaba por las tardes, pero había preferido no decir nada en casa, para que las tardes fueran suyas, solo suyas y de la lectura.

Muchas tardes las pasó en la biblioteca pública, junto al costurero de la Reina, imaginando otro mundo, un mundo de personajes ficticios, donde los caballeros recitaban poemas a las damas, y estas ruborizadas dejaban caer un pañuelo o una rosa tal vez, que ellos guardarían el resto de sus vidas, sabedores de que su amor era imposible como siempre sucede en los cuentos.

Así pasaba sus tardes, o caminando por el Parque de María Luisa, donde entre deportistas que daban sus interminables vueltas al Parque, de vez en cuando se cruzaba con alguna pareja de enamorados, y trataba de imaginar como eran, que historia de amor se escondía tras aquellos paseos, y aquellos besos.

Desde que la vio, paseaba con un libro de poemas en la mano, Becquer, Cernuda, Guillen. Nunca Neruda, no podía ya leer los poemas de D. Pablo sin imaginarla a ella sosteniendo el libro entre sus manos.

Iba cada día, y cada día se marchaba sin verla, ella no aparecía y pensó que como a la Beatriz de Dante, no volvería a verla más y que estaría enamorado toda la vida de ella a pesar de haber tenido solo aquel encuentro fugaz, y apenas inexistente, otras veces pensó que ella no existía, que él la había imaginado, la recordaba tan perfecta que dudaba de que existiera en realidad, o de que solo habitara entre aquellas sombras, y que tal vez ella lo había visto y solo salía cuando él se marchaba cabizbajo, dolida quizás de que él hubiera invadido su espacio.

Pero no era así, ella era real, y el viernes siguiente volvió a encontrarla sentada en aquel mismo lugar, leyendo de nuevo a Neruda, con su mirada perdida entre las letras, viviendo de sus poemas, él se atrevió a imaginar que sus ojos escondían alguna tristeza, pero desechó la idea pensando que todos los que leen poesías siempre tienen algo especial en la mirada, algo que los hace diferentes de los demás.

Recordaba aquel día que llegó más tarde que de costumbre, y el banco desde donde la observaba estaba ocupado, pensó marcharse pero no podía perder la oportunidad de verla, de soñar que era suya, de que le leía poemas, y de que ella perdía aunque solo fuera durante un breve espacio de tiempo esa mirada triste, y la imaginaba sonreír, quería imaginar que la hacía sonreír, y sus risas volaban hasta perderse en el cielo de Sevilla, hasta que la Luna, recogía una a una sus carcajadas, y en una caja de nácar las iba guardando una a una, colocándolas con mucho cuidado donde las iba ordenando por días o por tamaño.

Así que casi temblando, se dirigió al único lugar donde podía sentarse, y estar cerca de ella, y donde la observaría apenas de reojo para no molestarla, entró en la Glorieta y le dijo un tímido buenas noches, al que ella no respondió quizás porque apenas llego a oírlo o porque su mente vagaba libre como una barca mecida por olas de palabras.

El se sentó en silencio, abrió su libro, y no fue capaz de leer ni una sola palabra, casi sin darse se cuenta, se encontraba mirándola a escondidas intentando no ser descubierto, lo hacía de forma inconsciente y se sentía avergonzado de invadir su intimidad, y apartaba la mirada de ella, pero al poco rato se encontraba de nuevo observándola, el mundo parecía haberse parado, y ni siquiera oía los sonidos habituales, no se oían pájaros, ni los pasos de los enamorados que aún caminaban por allí alejados de las miradas del mundo, no se oía nada, salvo su respiración, y el leve pasar de las páginas del libro.

Seguía soñando con que él fuera quien le leyera esos poemas, o cualquier otro, y así sin darse cuenta, se encontró a si mismo mirándola y diciéndole: “Me gusta cuando callas”…

El mismo se sorprendió, e intentó parar, pero de su boca seguían saliendo más versos, como si él ya no fuera dueño de sus actos, y algo en aquel lugar mágico lo hubiera poseído:

“Me gusta cuando callas, porque estás como ausente,
y me oyes de lejos, y mi voz no te toca,
Parece que los ojos se te hubieran volado
y parece que un beso te cerrara la boca.”
(1)

Ruborizado, intentó alejarse de ella, ya recobrado el sentido, que creía haber perdido para atreverse a molestarla, pero cuando daba el primer paso que la alejaría de ella para siempre, ella le respondió:

“Como todas las cosas están llenas de mi alma
emerges de las cosas, llena del alma mía.
Mariposa de sueño, te pareces a mi alma,
y te pareces a la palabra melancolía.”
(1)

Vio como ella cerraba el libro, y se movía en su asiento para hacerle un breve espacio donde él pudiera sentarse, y permanecer juntos.

Estuvieron así sin hablarse, de vez en cuando se producía un leve roce de sus cuerpos, y al momento él se separaba un poco temiendo rozarla, y que ese roce la hiciera alejarse para siempre.

A las once en punto, ella se levantó, y cuando comenzaba a alejarse, se dio la vuelta, a lo que el respondió poniéndose de pie de un salto, ella lo miro a los ojos, le tendió la mano, y le dijo. “Soy una golondrina, que al contrario que todas mis hermanas siempre vuelve a este lugar”. “Volveré el viernes”.

Él apenas era capaz de articular palabra, extendió su mano, y estrechó la suya, pensó besársela, pero se contuvo, y tan solo fue capaz de decir en un susurró: “Aquí estaré”.

Con estos pensamientos, cerró la puerta, pensando que hoy le diría que la quería y quería pasar el resto de su vida con ella.



CAPÍTULO DOS:

ELLA


Como cada viernes, estaba terminando de recoger las cosas, esperando que su hijo se marchara con los amigos. Su marido se quedaba cuidando a su madre enferma, y ella se escaparía de esa jaula dorada en la que vivía para volar libre, como solo hacía ese día.

No sabía que pensar, ella era feliz allí, pero le faltaba algo, y a veces se sorprendía a si misma cantando esa canción de Gloria Lasso: “Como se puede querer a dos hombres a la vez, y no estar loca”; pero no podía evitarlo, su marido ya no era su amor, era el cariño, la amistad, ese sentimiento que solo se puede adquirir con el paso de los años y el contacto, y muchos viernes, pensaba no acudir a su cita, dejarlo todo para seguir igual, pero no podía evitarlo, necesitaba abandonar ese lugar seguro, para buscar la pasión, el deseo, y sentirse de nuevo enamorada, con ese sentimiento que solo se tiene en el primer amor, independientemente del momento en que llegue a tu vida.

Se consolaba pensando que no hacía nada malo, que apenas se habían besado, que de ahí no pasarían, e incluso imaginaba que no era ella la que hacía esas cosas, que otro personaje ocupaba su cuerpo cuando encaminaba sus pasos hacia el Parque de María Luisa a su encuentro.

Muchas veces decidió no ir, pero nunca pudo dejar de hacerlo, imaginar no verlo le resultaba una carga tan pesada, tan insoportable que siempre volvía a su encuentro, siempre volvían a cogerse de la mano, siempre se daban un beso al llegar a su Glorieta, y allí permanecían hasta las once en punto de la noche, cuando ella temerosa de que quizás si permanecía allí más tiempo ese cuento mágico terminara para siempre, a las once sin mirar el reloj siquiera, ambos se levantaban en silencio, y se daban un beso de despedida, un beso que ya valía toda una vida juntos y que les daba fuerzas y alegría para esperar al viernes próximo para verse.

Ella siempre, cuando empezaba a alejarse, se volvía y le tendía la mano, y le decía: “Volveré el viernes”, él siempre le respondía “Aquí estaré”


Sabía que hoy sería diferente, había recibido malas noticias, y no quería dejar de decírselo, hoy por fin se habían confirmado sus peores temores, pero no quería engañarlo… a él no.

Mientras pensaba esto, se dio cuenta que era viernes 13, y pensó en lo irónica que resultaba esa fecha para dar malas noticias.



CAPÍTULO TRES:

ELLOS


A la hora habitual, como cada viernes, Enrique esperaba en la parada de autobuses a que llegara ella, siempre mientras la esperaba temía que ella no apareciera, sabía que no le resultaba fácil dar ese paso, y sabía que cualquier viernes ella no aparecería, igual que sabía que él seguiría yendo a esperarla, aunque nunca más apareciera.

No podía evitar recordar la misma canción:

Golondrinas de Egipto ¿a qué han venido?
Por siete golondrinas que se han perdido.

No hay quien les diga
que en mi casa se esconden las golondrinas
(2)

Le gustaba soñar, que aunque vinieran a buscarla, no la encontrarían, que él la escondería allí en aquel mundo secreto, donde nadie podría separarlos nunca, y menos a partir de esa noche, donde le diría que quería vivir con ella para siempre.

Con el retraso habitual, el autobús se detuvo, y ella vio como él la buscaba con la vista, temeroso de que no hubiera acudido a la cita, eso siempre la hacía sonreír, pues el muy tonto aún no se había dado cuenta de que por mucho miedo que sintiera ella no podía faltar a la cita con su amado.

Bajó del autobús, y él la observó algo nerviosa, parecía triste, en sus ojos se notaba que había estado llorando, y temió que ese sería el último viernes que ella acudiría a la cita, que había decidido romper para siempre esa relación, que ella creía imposible, y que hoy dejaría de verla para siempre.

Cuando estuvieron juntos, apenas fueron capaces de cruzar palabra, él no se atrevió a tomarla de la mano, como hacía siempre, allí donde se sentían libres de miradas inoportunas, comenzaron a andar pero fue ella quien le agarró la mano con la misma ternura con que lo hacía siempre, y notó como le apretaba la mano con más fuerza, como si tuviera miedo de que una fuerza invisible fuera a separarlos para siempre.

Así se dirigieron hacía la Plaza de España, caminaron en silencio como siempre, con sus respectivos libros en la mano que su amor les dejaba libre, y continuaron caminando en silencio hasta sentarse ante la mirada de D. Gustavo Adolfo que parecía bendecir aquel amor secreto con su silencio.

Él no se atrevió a hablar y ambos abrieron sus libros por donde los habían dejado la semana anterior, donde se había parado el tiempo para ellos, y solo reanudaron la lectura cuando las manecillas de su reloj imaginario comenzó a andar de nuevo, un reloj que solo medía el tiempo cuando estaban juntos. El único tiempo posible.

Ella parecía leer como siempre, aunque él que ya se había acostumbrado a oírla solo a ella, notaba su respiración más agitada que de costumbre, él en cambio no era capaz de leer, sabía que algo raro estaba pasando, y tenía miedo, un miedo terrible le recorría el cuerpo, y sentía como las estatuas del banco le transmitían el frío de la piedra, un frío que nunca había sentido antes.

Recordó que otras veces, le había parecido ver que los enamorados se les quedaban mirando, pero hoy no vio ninguno.

Recordó que otras veces había oído las risas de las estatuas, que acompañaban a las bromas y a las palabras de amor que él siempre le decía:”Te quiero”, “Te he echado tanto de menos”, “¿Has pensado en mi?”, “Cada instante que estoy alejado de ti, no vivo”; pero hoy no oyó ninguna risa.

Recordó que otras veces había oído como el poeta les había recitado versos, unos versos que solo ellos podían oír, y que les hacía reír a carcajadas cuando los paseantes los miraban extrañados.

Recordaba algunos de esos versos:

“Tu pupila es azul y, cuando ríes,
su claridad suave me recuerda
el trémulo fulgor de la mañana
que en el mar se refleja.

Tu pupila es azul y, cuando lloras,
las transparentes lágrimas en ella
se me figuran gotas de rocío
sobre una violeta.

Tu pupila es azul, y si en su fondo
como un punto de luz radia una idea,
me parece en el cielo de la tarde
una perdida estrella.”
(3)

También recordó como un día les dijo:

“Volverán las oscuras golondrinas
en tu balcón sus nidos a colgar,
y otra vez con el ala a sus cristales
jugando llamarán.

Pero aquellas que el vuelo refrenaban
tu hermosura y mi dicha a contemplar,
aquellas que aprendieron nuestros nombres...
¡esas... no volverán!.”
(4)

Hoy, esos versos, le sonaron diferente y no pudo evitar sentir un escalofrío: “¡esas… no volverán!.

Recordó la primera vez que él le recitó los versos de Felix de Arzúa, desconocido para ella:

Erase una Golondrina
que anidó en un limonero
y que vivía en Alcalá
que es tierra de panaderos.

Y aunque podía volar libre
nunca encontraba consuelo
en el fondo vivía triste
como si estuviera en duelo.

Cuando un día... de pronto,
escuchó una voz de lejos
que la llamaba flojito
casi no se oía su ruego.

Y fue escuchando esa voz
que la llamaba: ¡Te quiero!
hasta que escuchó a Sevilla
que siempre sintió esos celos.

Escuchaba en sus campanas
su reclamo mañanero
y hasta las aguas del río
la llamaban, zalamero.

¡Anida aquí a mi sombra
debajo de algún alero!
le pedía el Giraldillo,
siempre él tan lisonjero.

De tanto insistir Sevilla
con su ruego lastimero
la golondrina escuchaba
ya sus palabras en sueños.

Y Sevilla siguió llamando.
Le recitaba requiebros,
le cantaba sevillanas
y los piropos más bellos.

La llamaba La Giralda
allí cerquita del cielo
y en el Patio de Banderas
se escuchaba algún lamento.

La otra torre, la del Oro
lloraba su desconsuelo
porque no podía llamarla
que así los moros la hicieron.

Como lo cuenta Manuel
en esos tan lindos versos
'pa no despertá a Triana'
por eso guarda silencio.

Y la llamaba El Alcazar
con sus banderas al viento.
Las Sierpes y la Campana
y la gente en el revuelo.

El Arenal, la Maestranza,
hasta los mismos toreros
y los coches de caballo
con su lindo tintineo.

En su glorieta en el parque,
Bécquer la espera despierto
componiéndole poesías
que hablan de su regreso.

Y tanto insistió Sevilla
que un día emprendió su vuelo
pero miraba hacia atrás
viendo el Castillo de Albero

Y la Golondrina volaba
subiendo más en el cielo
y mirando hacia lo alto
vio a lo lejos un pandero.

Era el sol que la cegaba
¡¡Alejarme yo no quiero!!
Y fue volando hacia arriba
sin mirar jamás al suelo.

Y siguió volando y volando,
de vista se fue perdiendo,
para no tener que elegir
un solo amor verdadero,

Se fue alejando llorando
hasta perderse en los cielos
y se quedó allí arriba...
y se convirtió en Lucero.



Recordó como ella le había dicho que nunca la había oído, y que nunca había oído versos tan bellos.

Poco a poco fueron pasando las horas, el tiempo, implacable poco a poco seguía su camino, pero tan rápido que a ellos les parecía que volaba más rápido cuando estaban juntos.

Ella se levantó.

Él de nuevo sintió un terrible escalofrío.

Ella lo tomó de la mano, intentó hablarle, pero una lágrima empezó a rodar por su mejilla, y él aportó la mirada hacia el suelo, temeroso.

Ella le tomó la mano, y así cogida con la suya, la colocó sobre su corazón, que él notaba latir acelerado.

Empezó a hablarle, él le tapó la boca con el dedo, y le dijo, no digas nada se que vas a partir y me quedaré solo para siempre, se que nuestro amor es imposible y que estas breves horas que compartimos, no sirven para soportar toda la vida separados.

Ella le hizo guardar silencio, y le dijo, que no era eso, que lo quería como nunca había querido a nadie, que en ese momento de su vida ella había querido elegir un amor, y aunque no lo había hecho conscientemente, ese amor era él, que estaba dispuesta dejarlo todo para compartir el resto de su vida con él, pero sería imposible, y continuó diciendo:

Mi amor, hoy he recibido los resultados, y son…

No hicieron faltas más palabras, el la hizo callar de repente, de nuevo colocó su dedo en sus labios, que temblaban y estaban fríos, y fue poniendo cada pieza en su sitio, su mirada triste, su palidez extrema, a punto estaba de llorar, cuando se contuvo, y comenzó a hablar.

Mi amor, mi dulce amor, no temas, hoy venía preparado para decirte algo, y no quiero marcharme sin decírtelo:

No han hecho falta más palabras para comprender que me amas, que amas como yo te amo a ti, y que este amor que nos ha hecho sentirnos de nuevo jóvenes como quinceañeros en su primer amor, no ha servido para darnos todas las fuerzas que necesitamos para llevar a partir de ahora una vida juntos, pero te juro mi amor, que lo único que deseo en este momento, es permanecer a tu lado, estar siempre juntos, morir junto a ti, y que cuando llegue el día del juicio final, mis cuencas vacías si es que son capaces de ver, sea a ti lo primero que vean.

Cuando ella apenas empezaba a sonreír y a asentir con la cabeza, la luna empezó a filtrar sus rayos entre las ramas de los árboles, y les iluminó con su presencia, mientras que les pareció que Bécquer daba el visto bueno a aquel amor que había nacido allí a su sombra.

Él le tomó su mano y se la colocó junto a su corazón, haciéndole saber que su corazón también galopaba sin control, como el de un jovencito enamorado, entonces y solo entonces él bajó su cara y buscó con sus labios lo de ella, la besó, la sintió suya para siempre y recordó esa bella canción:

“Herida la de tu boca,
que lástima sin dolor,
No tengo miedo al invierno,
con tu recuerdo lleno de sol”.
(5)

Poco a poco fueron cerrando los ojos, mientras se besaban.




CAPÍTULO CUATRO:

SABADO, 14 DE FEBRERO


Los agentes de la Polícía Local que acudieron al aviso, no daban crédito a su ojos, ninguno de los agentes de servicio acudió a la primera llamada que recibieron en la que uno de esos corredores madrugadores del Parque había llamado diciendo que había ocurrido algo raro.

Luego las llamadas continuaron sucediéndose y pensaron que era alguna de esas bromas modernas que se organizan a través de internet y donde muchos jóvenes se ponen de acuerdo para hacer algo juntos.

Fueron tantas las llamadas, que el Sargento de servicio, se decidió a enviar una patrulla, cuando dejaron el coche aparcado junto al Bar Citroen, pensaron que como aquello sería solo una broma, podrían aprovechar para tomarse un cafelito que buena falta les hacía después de estar toda la noche de guardia, pero al llegar allí, vieron que algo raro sucedía, un enorme grupo de personas se arremolinaban frente a la Glorieta de Bécquer, así que tendrían que aplazar el desayuno para más tarde.

A duras penas consiguieron abrirse paso entre la gente, que miraban absortos, cuando vieron que allí, inmóviles, frente al poeta, había dos nuevas estatuas, dos estatuas que habían fundido su amor en un beso eterno.

Aún lejos los agentes pensaron que eran dos artistas de esos que se convierten en estatuas durante unas horas y que se habían traslado de la calle Sierpes o de la Avenida de la Constitución a ese lugar aprovechando que hoy era San Valentín para sacarse unos eurillos extras, mientras se acercaban comentaron que habían tenido una buena idea y que se iban a sacar un dinerillo curioso.

Al llegar a ellos, vieron como la gente había dejado flores en aquel lugar, como las rosas más rojas que se pudieran imaginar habían llenado aquel espacio, como si de un lugar sagrado se tratara, algunas velas estaban encendidas iluminándolos.

Cuando iban a comprobar su teoría se sorprendieron, las estatuas eran reales, las tocaron, y comprobaron que no estaban frías como se imaginaban sino que probablemente, debido al sol que se filtraba por donde pocas horas antes se colaba la luna, las estatuas desprendían un calor que hacía aquel lugar más acogedor.

Los agentes informaron a su superior, de que algún gracioso había colocado durante la noche dos estatuas más en aquel lugar, elaboraron el correspondiente informe, y fueron informados de que los servicios municipales pasarían el lunes a retirarlas, para lo que ellos deberían estar presentes para dar al asunto la legalidad necesaria.





EPÍLOGO:

UN LUNES COMO OTRO CUALQUIERA



A las diez de la mañana, los servicios municipales, acompañados de los agentes de servicio el sábado catorce, hacían acto de presencia en el Parque de María Luisa.

Al llegar no podían dar crédito a lo que vieron, cientos de enamorados habían pasado allí la noche avisados de que hoy lunes retirarían las estatuas, cientos de parejas de todas las edades abrazados o cogidos de la mano, estaban allí, algunos sentados en los bancos, otros de pie, otros sentados en el suelo, para impedir el paso a los agentes.

Cientos de turistas se habían acercado hasta allí, avisados por otras parejas, o por las imágenes que aparecían colgadas en youtube.

Miles de blogs y de foros hablaban de ellos en todo el mundo, muchos contaban que habían tocado las estatuas, que les había parecido que no estaban frías, y algunos contaban que les había parecido notar como si dos corazones latieran bajo la piedra.

Otros decían que el corazón de ella había dejado de latir y que ahora solo se notaba el latido del corazón de él.

Los más afortunados habían conseguido acercarse y verlas de cerca, ver esas lágrimas que recorrían sus mejillas, y decían que eran estatuas tristes, otras dijeron que no, que aquel beso no podía ser triste, que aquel beso estaba sellando un amor imposible, que pronto tendrían que separarse y que por eso lloraban, corrían mil historias entre aquellos miles de personas que se agolpaban allí.

“20 poemas de amor y una canción desesperada”, y “Rimas y leyendas”, se oía gritar entre ellos, ¡si esos son los libros!, ¡yo los he visto!, ¿cómo vas a saber que libros son?, ¡si, de verdad, sobre los libros de piedra, están cincelados los títulos!.

Algunos habían corrido a comprar los libros, otros los habían rebuscado en sus casas, y los llevaban también en la mano que llevaban libre mientras con la otra se aferraban a su pareja, como intentando decirse sin palabras que se querían como esas estatuas.

Cuando los empleados municipales se abrieron paso entre aquel grupo de gentes tan dispares a los que solo les unía una cosa en común: El amor; un chico sentado próximo a la entrada, abrazado a su novia, sacó sus gafas de pasta y comenzó a leer; mientras que un silencio absoluto empezó a invadir el parque de María Luisa, incluso los pájaros dejaron de cantar para oírle, y los agentes se pararon un momento. Ya tendrían tiempo para retirar aquellas estatuas, pensaron.

El chico empezó a leer:

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Yo la quise, y a veces ella también me quiso.
En las noches como ésta la tuve entre mis brazos.
La besé tantas veces bajo el cielo infinito.
Ella me quiso, a veces yo también la quería.
Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos.
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido.
Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella.
Y el verso cae al alma como al pasto el rocío.
(6)

Los agentes fueron incapaces de cumplir sus órdenes, cuando volvieron a jefatura el sargento les tomó por locos, y amenazó con abrirles un expediente, e hizo que volvieran a acompañarlo a cumplir su cometido.

¡Todo tengo que hacerlo yo!, refunfuñaba el viejo sargento. Cuando llegaron no podía dar crédito a lo que veía, miles de personas se apiñaban en aquel lugar, miles de personas que habían elegido aquel sitio para pasar el día de San Valentín, y que hoy habían vuelto para ver como desaparecían de aquel lugar para siempre.

El sargento se recompuso y se acercó hacia las estatuas, abriéndose paso cada vez con más dificultad, al llegar a su altura, vio que las estatuas eran perfectas, que parecían labradas a la vez que las que estaban allí desde 1911, como si hubiera sido el mismísimo Lorenzo Coullaut el que las hubiera hecho.

El sargento recordó los tiempos en que él también paseó cogido de la mano de su novia, y por un momento pensó que la glorieta ahora estaba completa, que junto al amor ilusionado, el amor poseído, el amor perdido, y el amor herido, esas dos figuras hubieran salido de donde quiera que hubieran salido representaban mejor que nada el amor eterno.

Cuando estaba a punto de dar la orden de retirarlas, oyó como una voz de mujer lo llamaba, ¡Ángel, Ángel!, entre los versos de Neruda, alcanzó a distinguir que era la voz de su esposa, cuando la vio, dijo para si: ¡Tu si que eres un ángel!”. ¿Cómo has venido?, sabes que estás delicada, tienes que guardar reposo.

¡Han llegado buenas noticias, cariño!, ¡Los resultados dan negativo!, ¡Vas a tener que seguir soportándome!.

Él la abrazó con una ternura, que casi no recordaba, y se sintió invadido por el amor que flotaba en ese mágico lugar, y la beso en los labios; ella le correspondió al beso, y le dijo: ¡quiero que me hagas otro regalo por San Valentín!

Pero San Valentín fue el sábado, respondió él, a lo que ella le dijo.

¡Si, pero estabas de servicio!, ¿me harás ese regalo?.

Necesito saber lo qué, ¿no crees?, dijo él.

¿Tú crees?, ¡quiero que me lo prometas, sin saber lo que es!

¡No puedo!.

¡Hazlo!

Ángel pensó que en tantos años de casado no había conseguido ni una sola vez que Cecilia, su esposa cambiara de opinión, y que hoy no iba a ser la primera vez.

¡De acuerdo, prometido!. Dime que es.

Cecilia, lo miró a los ojos, y le dijo: ¡No quiero que quites las estatuas!.

¡No puedo hacer eso, es mi obligación!

De eso nada, me lo has prometido, si tienen que quitarlas que las quite otro, pero tú no vas a quitarlas y menos hoy, o puedes estar seguro que dormirás en el sofá el resto de tu vida.

Está bien, mujer diré que no se pueden quitar, diré que las estatuas no desentonan del resto y que sería una lástima, no solo destruirlas sino quitarlas de este sitio ahora perfecto. Elaboraré un informe pero no te puedo garantizar que lo aprueben; aunque si sigue viniendo tanta gente a visitarlas no creo que se atrevan a quitarlas.

Antes de marcharse, tomó a su mujer de la mano, y la llevo hacia las estatuas, ella miraba asombrada a aquellos dos enamorados, que a pesar de que las lagrimas recorrían sus mejillas, parecían ser felices como nunca lo habían sido.

Él tomó su mano y la colocó justo encima de la mano de la estatua que la representaba a ella.

¿Qué notas?, le preguntó

Cecilia se sobresaltó y dijo a su marido. ¡La mano está fría!, pero bajo ella se nota calor, como solo puede desprender un corazón enamorado.

FIN



(1) - Poema número 15 (Pablo Neruda)
(2) - La copla que está en mi boca (Jarcha)
(3) - Rima XIII (Gustavo Adolfo Bécquer)
(4) - Rima LIII (Gustavo Adolfo Bécquer)
(5) - Juan Carlos Bagglieto - Lito Vitale - Tonada de un viejo amor
(6) - Poema número 20 (Pablo Neruda)

1 comentario:

  1. Beatriz:
    Del Latín:"Bienaventurada".
    Emotivas, muy activas.
    Fuertes en el trabajo. Inquietas y con un enorme corazón.
    Confiadas. El fracaso ni las hunde ni las detiene.
    Parece al principo que intimedan, pero son seductoras.

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